

Descripción
En su deslumbrante fiesta de compromiso, Ava Lancaster lleva el vestido perfecto, el anillo perfecto y la sonrisa perfecta, pero por dentro, se esta asfixiando. Cuando se desmaya y despierta en su cuerpo adolescente, con brakets, cabello encrespado y todo, queda atrapada en 2010-obligada a revivir la crueldad de la secundaria y enfrentarse al chico que una vez la rompio. Mientras las lineas del tiempo titilan y el reloj roto de su padre vuelve a marcar, Ava debe decidir: ¿esta aqui para reparar su pasado, perdonarlo... o finalmente reescribirlo?
Capítulo 1
Jun 24, 2025
Ava no era la chica que elegían primero. Ni segunda. Ni nunca.
En aquel entonces, Ava recorría los pasillos con los hombros encorvados, esperando que nadie se fijara en los brackets, la grasa de niña, la voz temblorosa cuando la llamaban en clase. Usaba sudaderas gigantes para ocultar su cuerpo, mantenía la cabeza agachada para evitar los susurros.
Gorda. Rara. Forzada.
Esas palabras se le pegaban como chicle en el zapato. Creció pensando que el éxito era para otras chicas—las bonitas, las que reían con brillo en la voz y sabían ocupar espacio con las manos.
¿Ava? Apenas sabía cómo respirar en público.
Su vida en casa no ayudaba. Un padre que se fue demasiado pronto. Una madre que trabajaba en dos empleos y llegaba demasiado cansada para notar cuando Ava saltaba la cena o pasaba horas llorando ante su reflejo.
Nadie le dijo que podía ser algo. Nadie le dijo que lo merecía.
Pero Ava Lancaster ya no iba a jugar a ser pequeña.
La seda se pegaba a su piel como una segunda capa de mentiras. Los diamantes bailaban en sus orejas, en su cuello, en sus dedos. Especialmente uno. Ese anillo.
Demasiado brillante. Demasiado ruidoso.
La voz de Nathaniel cortó el aire, suave como siempre. “Por Ava Lancaster,” dijo, alzando su copa. “La mujer de mis sueños.”
Siguió el aplauso. Las sonrisas florecieron como rosas en los rostros de todos los demás. La de ella tardó un segundo de más en aparecer.
“Impresionante,” susurró alguien cerca.
“Impecable,” añadió otro.
Pero el corazón de Ava no latía como el de una novia. Latía como un pájaro enjaulado, golpeando las barras invisibles.
Sus dedos rozaron el anillo de diamantes como si le preguntaran por qué se sentía tan mal. Éste permaneció en silencio, frío y perfecto, brillando bajo las luces como si perteneciera a un museo—no a su mano.
Las cámaras destellaron y Nathaniel se inclinó más cerca. Su brazo se deslizó alrededor de su cintura, demasiado firme, demasiado ensayado.
“Vamos, Ava.” Su aliento rozó su oído mientras susurraba. “Sonríe como si lo sintieras.”
Ella lo hizo. Dientes, labios, perfección. Pero la mandíbula apretada debajo y aún así—aún así—el mundo seguía girando, la música seguía sonando, las luces seguían centelleando.
Sólo dentro de ella todo comenzaba a desmoronarse.
“Deberías estar feliz,” le había susurrado su madre esa mañana, ajustando los pendientes de Ava con dedos temblorosos. “Has ganado, cariño—él es perfecto.”
Ava asintió entonces, entumecida por el peso de los sueños ajenos colgando sobre sus hombros como un velo que no podía quitarse. Las copas tintineaban como campanas de boda a la que nunca consintió.
Permanecía quieta, copa de champán en mano, su sonrisa rígida y ensayada. La copa de Nathaniel chocó con la suya con un suave tinteo, su voz tan suave como la seda.
“Un brindis por siempre,” dijo, con los ojos brillando bajo el resplandor de la lámpara de araña.
Ella obligó a sus labios a moverse. No era una sonrisa—sólo movimiento. La risa ondulaba a su alrededor, pero rebotaba en ella como la lluvia en el cristal. Su mirada se deslizó hacia la pared espejada al otro lado del salón de baile.
Allí estaba—iluminada, retocada por la luz dorada, vestida como la perfección. Ava Lancaster. La futura novia. Chica de portada del sueño de alguien más.
Parpadeó frente a su reflejo. “¿Quién eres?” pensó, ahogada entre violines y aplausos.
Nathaniel se inclinó más, el aroma de colonia cara apretándole la garganta. “No arruinemos las fotos, querida,” murmuró, voz melosa y hueca.
Su mano se deslizó por su cintura, apretando un poco demasiado fuerte—lo suficiente para recordarle que la estaban mirando. Su columna se tensó, pero no se apartó.
No aquí. No ahora.
Sus ojos recorrieron el salón de baile—filas de sonrisas pulidas, cabezas inclinadas en admiración, risas perfectamente programadas. Todos actuaban su papel. Excepto ella.
La voz de Ava apenas llegó a sus propios oídos. “Estoy bien, estoy bien,” susurró, no para nadie—sólo un hechizo callado y desesperado que se lanzaba para no desmoronarse. Pero no lo estaba.
La orquesta creció a su espalda, romántica y lenta, de esas melodías que la gente baila en las historias de amor. Entonces—chasquido, un tirón en su muñeca.
Miró hacia abajo. El reloj—el reloj de su padre—colgaba de un hilo. La correa de cuero se había roto y el metal estaba al límite.
‘No, no, no.’
Cayó y golpeó el suelo. La esfera dorada se partió justo por la mitad. Algo dentro de ella también se rompió. Se agachó a medias, mano extendida para recogerlo—y se quedó congelada.
El aire se le atascó en la garganta como si chocara contra un muro. El pecho se le apretó, la visión le ardía. El suelo temblaba bajo sus tacones.
La voz de Nathaniel cortó la música. Más aguda ahora. “¿Ava?”
No respondió. No pudo.
Sus dedos temblaban en el aire, rodillas bloqueadas y hasta sus propios pulmones la traicionaban. Se estaba rompiendo. Allí mismo, frente a todos, y ni un alma lo notaba.
Ava se tambaleó hacia adelante como empujada por una fuerza invisible, los tacones chirriando contra el mármol. La copa de champán se le escurrió de los dedos y se hizo añicos a sus pies, salpicando líquido dorado por el suelo.
Jadeos recorrieron la multitud como una ola, pero Ava no los oyó—sus oídos estaban llenos de viento y silencio. Las rodillas se le doblaron, chocando contra las baldosas con un golpe que no sintió.
Los gritos retumbaban como sirenas en un sueño—afilados, urgentes, lejanos. Pisadas martilleaban el mármol. Alguien gritó pidiendo ayuda. Las voces se superponían, pero nada de eso le llegaba.
Todo lo que veía era el anillo.
Seguía brillando en su dedo, atrapando la luz de la araña de cristal como si perteneciera a una fantasía. Pero para ella, era una cadena. Pesada. Ajena y equivocada.
Sus dedos se aferraron a su pecho. Nada. Sin aliento. Sin alivio.
“Respira, Ava,” se susurró, los labios apenas moviéndose. “Vamos… respira.”
El aire se negaba a entrar. La garganta se cerraba más, la visión se estrechaba—todo distante salvo ese reloj roto en el suelo.
La esfera dorada hecha añicos. La voz de su padre, de hace tanto, parpadeó en su mente: “Este reloj lo ha visto todo. Cuídalo, y él te cuidará a ti.”
Pero no lo hizo. No esa noche. No cuando todo se desmoronaba.
Una figura oscura avanzó entre la multitud—lenta, deliberada, casi intocada por el pánico a su alrededor. Intentó enfocar. Parpadeando contra el desenfoque.
Entonces alguien se arrodilló a su lado. Manos pequeñas le sujetaron el rostro, frescas y firmes. Ava parpadeó de nuevo, sorprendida por la calma repentina que traía la desconocida.
La mujer era anciana, sus rasgos marcados pero suaves, como si el tiempo se hubiese plegado en ella en vez de robarle la belleza. No dijo nada al principio. Sólo le sostuvo las mejillas, los pulgares borrando lágrimas que Ava no sabía que había derramado.
“Shh,” susurró la mujer. “Estás bien.”
Ava intentó hablar, pero los labios le temblaban demasiado. “Yo… no puedo… no puedo respirar…”
“Podrás,” dijo la mujer, voz tranquila y enraizada como la tierra. “Sólo mírame.”
Sus miradas se encontraron. Todo lo demás se desvaneció—la música, los gritos, la gente apartándose con miedo y confusión.
Sólo quedó ese instante. La mujer se inclinó, los labios apenas moviéndose, su aliento cálido sobre la frente de Ava.
“A veces,” dijo suavemente, “el tiempo tiene que romperse… antes de poder arreglarse.”

Before You Called Me Beautiful
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